Hace unas semanas tuve un sueño en el que supuestamente me moría en un accidente de carretera. Al día siguiente, me venía para mi casa en una Buin-Paine como a las 7 de la tarde. La micro iba rápido, el sol me recordaba a mi sueño, se parecían mucho. Empecé a sentirme ansiosa, me importó muy poco la gente que viajaba conmigo, la suerte es así. Pensé en todo lo que iba a vivir, así como Christopher Walken en Annie Hall, o como Edward Norton en Fight Club. Me gustó la sensación, quise que pasara de verdad. Hoy volví a soñar con lo mismo. Esta vez viajaba en un bus por la carretera, el bus aceleraba constantemente y yo rogaba porque chocáramos; a esa velocidad, pensaba, nos vamos a morir todos y fin. Desperté decepcionada, viva y con un charco de saliva sobre la sábana. Me meto tanto en esos pensamientos que cada vez que subo a un bus de repente todo tiene sentido: mis sueños, mi vida. Pero nada vale la pena. También recuerdo el final de la tercera temporada de Lost, cuando Jack tenía una suerte de ticket dorado de Oceanic para viajar gratis cuantas veces quisiera. Lo usaba rogando por un accidente de avión.


