A mí nunca me enseñaron a nadar. No sé nadar y le tengo miedo al mar.
Pero sí tengo un recuerdo que amo, uno de mis grandes éxitos. Vacaciones de invierno de 1996 (por ahí por julio). Iba en cuarto básico, nos fuimos de vacaciones a El Tabo con mi papá, la Ester y mi hermano. Esas vacaciones mi papá me enseñó a jugar ajedrez. El recuerdo va así: mi papá jugando con el Diego en la cama de mi tío Jaime mientras yo veía un programa para cabros chicos de Televisa o algo así. Hasta que me aburrí y le puse atención al juego. Mi papá me dijo “¿Te enseño a jugar?” y yo le dije “Bueno”. Me enseñó a mover las piezas en realidad, no me enseñó técnicas ni nada (nunca me habló de la importancia de desarrollar las piezas, por ejemplo, ni me enseñó a enrocar). Esas vacaciones me las pasé jugando con mis primos y mi papá, me sentía bien cuando ganaba, porque sentía que era gracias a mi viejo. Ese mismo año, en la Navidad, me regalaron mi primer ajedrez. Lo tuve como por cuatro años y siempre jugaba en él, incluso contra mí (no sé cómo es la experiencia del resto, pero por lo que yo sé la infancia del ajedrecista es solitaria). Era tonto, pero me servía. La última vez que lo vi, estaba sobre el ropero de la pieza de mi tata. Cada vez que veo ese ropero, pienso que si me subo a una silla voy a encontrarlo. Y le van a faltar piezas.

