Ya, me convencieron, me voy a quitar la vida (me gusta como suena eso, no me gusta “suicidarme”, no me gusta “matarme”). Sí, me voy a quitar la vida porque me cabrearon. Es parte de mi personalidad, siempre me cabreo no entiendo por qué siempre es en la mismas fechas pero me imagino que me cabreo por estaciones siendo la primavera la peor históricamente y el verano en segundo lugar.
Me pintaré la cara celeste con pintura no más para que aparte se me infecten las pústulas. Me reventaré la cabeza con dinamita; abrazaré mi cabeza con dinamita así como nunca me han abrazado (todos esperamos ese maldito abrazo que nos vuele la cabeza) y luego la voy a prender. Antes de morirme, lo sé, sé que voy a sentir el olor a quemado de mi cabeza pero no va a ser real voy a estar imaginándomelo. Estaré tan pendiente de la explosión que sentiré cada segundo y sentiré cómo mi piel se abre y desaparece. Mierda. Bonita muerte para…
Es que eso es estar cabreado. La gente no se suicida porque está infeliz eso es mentira, es una fantasía. No existe la infelicidad. Sólo nos cabreamos. Y no existe la depresión, no existe nada.
Capítulo 8.
- El infierno.
- Reinventar el amor.
La vida verdadera no es esta.
¿Qué hacer? No sé qué puedo hacer.
Suicidio por traición. No, no.
No sé qué puedo hacer.
Si pudiera viviría en una isla, un bosque, junto al mar, con alguien que pudiera traicionarme, con algunas mascotas, escribiendo novelas o que alguien escribiera novelas para que yo las leyera. Matando el tiempo. Inventando canciones entre los árboles, recordando las películas que vi mientras pude, recordando los libros que leí cuando leía. Pensando en las preguntas que no hice y en las respuestas que no obtuve y en lo horrible que sería mi vida sin tener la posibilidad de pensar en eso, de recordarlo.
No quiero recordar así que renuncio. I quit, I give up, I’m finished, I’m done.
Sí, ¿qué hacer?






